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Que lean... y algo más

El escritor Emili Teixidor plantea en este análisis la existencia de la literatura juvenil como género y las claves que la deben regir

Muchos lectores adultos o viejos son lectores juveniles, en el sentido de que detienen su desarrollo lector en el momento en que un libro presenta ciertas dificultades de interpretación e invita a dar el paso a la madurez 
Normalmente nuestra sociedad se preocupa por que el lector simplemente lea, más que por que siga adelante en su progreso; nos preocupamos de que los jóvenes lean... cualquier cosa mientras lean. Yo creo que eso es un error 

EMILI TEIXIDOR - 14/07/2004

A veces muchos compañeros o críticos se han molestado o han polemizado por el hecho de catalogar como género a la literatura juvenil. Su argumento es que sólo hay dos clases de literatura, la buena y la mala, y todos, naturalmente, nos colocamos en la buena. Aceptémoslo, somos los mejores en la gran literatura... juvenil, porque si no añadimos el calificativo, no sabemos exactamente de qué tipo de libros o de literatura hablamos. Ese es el servicio que prestan los géneros. Facilitan no sólo la etiquetación, sino también la segmentación, la clasificación y todas las características que concurren en el segmento analizado. Más allá de polémicas, todos estaremos de acuerdo en que una de las características de ese tipo de literatura es la edad. Son narraciones dirigidas a un público joven, no infantil, no adulto. Quizás desde los 12 a los... años que se precisen para que el lector pase de la etapa de lectura transparente y sin dificultades mayores a un lector adulto, no en edad, sino en aceptar la complejidad del texto literario.

Muchos lectores adultos o viejos son lectores juveniles, en el sentido de que detienen su desarrollo lector en el momento en que un texto presenta ciertas dificultades de interpretación, y ante la pregunta que les daría el pase a la madurez, que es ¿quiero seguir estudiando o preocupándome por el hecho literario? deciden que no, que sólo aceptan leer libros que no presenten mayores dificultades técnicas y detienen su desarrollo. En este sentido todas las obras llamadas del género best-seller comercial son lecturas juveniles. Si muchos adultos muestran prevenciones para dar esos libros a los jóvenes es sólo por razones morales o informativas, no por razones de comprensión. Es la literatura popular, otro género, que incide en la banda más ancha posible de la población lectora, de los 12, 14 o 16 hasta los 90 años.

La literatura nos proporciona palabras: precisas, exactas y genuinas que nos ordenan, nos curan, nos expresan y nos humanizan. Somos animales de palabras. Digo eso para precisar que si los libros anteriores están bien escritos, y son honestos en su información, ya cumplen su cometido, y no los critico en ningún caso. Cumplen su función, pero la literatura haría años que se habría convertido en periodismo si se hubiera detenido en ese género. No es que tenga nada en contra del periodismo, pero hay muchos autores que sí tienen algo que decir, en contra. El cargo que se le hace es que esas formas de exprensión se sirven del lenguaje simplemente como un modo de comunicación, y de ese modo el lenguaje se empobrece al querer llegar al máximo de público lector, porque en ese máximo deben incluirse aquellos casos que una exigencia mínima dejaría fuera. Hablamos en general del lector ideal como si existiera esa especie. Ser un buen lector es un proceso gradual, en el que los jóvenes a veces detienen su evolución porque deciden no enfrentarse a las dificultades que surgen en su camino. Muchos lectores adultos se paralizan en el mismo estadio. A ese nivel de lector medio llamamos lector, en general y situamos a nuestros jóvenes lectores igualmente ideales.

Primeros lectores
En la etapa de formación de un lector podríamos distinguir por lo menos cinco grados. El primero es el del primer lector, hasta los 6 años, en que más que leer cuentos, los escucha cuando se los leen. El segundo escalón sería el del lector plenamente infantil, entre los 6 y los 12 años, en que el lector se ve como héroe o heroina, porque la lectura satisface su necesidad de imaginarse a sí mismo como personaje principal con autosuficiencia para resolver problemas. Los mejores textos de esa etapa cambinan situaciones idénticas con la diversidad, la novedad con la regularidad, o como ha dicho un psicólogo, el lector intenta conseguir una plenitud que le libere de las ansiedades de la realidad, conteniendo esa misma realidad. El tercer grado sería el que va de los 12 a los 17, un verdadero tercer grado para aducadores. El lector tiene el sentimiento de ser único. És un pensador y el género preferido es la tragedia, sobre todo la tragedia de ser expulsado del grupo, de no ser aceptado por los compañeros y convertirse en un ser ridículo o patético. Al final de esa etapa es cuando el lector se detiene en su proceso o sigue adelante. Le espera el cuarto grado si decide seguir, en el que el lector se convierte ya en intérprete, pasa del texto transparente al texto problemático cuando se da cuenta de que otros lectores o en otros tiempos encuentran diferentes significados al leer el mismo texto y a veces recurre a la autoridad del autor o del profeso. Es el momento crucial en el que el joven se pregunta ¿por qué tenemos que analizar con tanto detalle los libros, no podríamos leerlos por puro placer? Si sigue adelante, pasa el texto inteligible.

Cuando leemos un diario deportivo o económico, no nos creemos nunca del todo lo que leemos, siempre lo contrastamos. Hacemos el texto inteligible. Pero hay más, la literatura también es un diálogo entre la fraternidad universal de los autores, los autores se hablan entre ellos. El desconocimiento por el lector de esas lecturas anteriores le impide entablar un diálogo más completo con el texto que está leyendo. Otras características del texto inteligible, de esa cuarta etapa del progreso lector, son los instrumentos en forma de teorías de que nos valemos para entender el texto. Piénsese solamente en el auge del marxismo o el psicoanálisis, y las claves que supusieron para muchos lectores en la interpretación de sus lecturas. Existen motivos culturales que trascienden la intención del autor. Lo que falta o lo que se reprime es más significativo en muchos textos que lo que se dice. El lector se da cuenta de que en muchos casos ya no es posible una lectura totalmente ingenua, o sea totalmente juvenil y busca todavía un propósito moral, cree que los libros deben tener alguna intención.

Cuarto grado
La última etapa de ese cuarto grado en el progreso lector es la que aumenta la complejidad del texto, convirtiéndolo en un texto teorizado. En ese estadio leemos siendo a la vez participantes y espectadores. Nos servimos con frecuencia de orientaciones de otros campos: religión, antropología, lingüística, psicoanálisis... El lector se fija en el autor cuando la representación pide una interpretación y entonces vemos al autor como responsable del significado de la obra y del punto de vista aparente. Si las explicaciones del autor no satisfacen al lector, éste se fija en el texto y en las técnicas de análisis para acumular las evidencias que busca. El peligro es leer al servicio de una teoría y reducir la obra a un arma para mantener esa teoría particular. Leer desde una sola perspectiva es perder los demás puntos de vista. Pero la elección que hace el lector de cómo leer tiene que hacerla también cuando se trata de cómo vivir. Llegados a ese punto el lector se ha convertido en un lector adulto.

Vemos así que el lector joven se sitúa entre las dos etapas que consideran el lector como pensador, con textos todavía transparentes y con un gusto acentuado por la tragedia, y el lector como intérprete, en el que se tropieza con los primeros textos problemáticos, y es cuando o bien se detiene en su evolución porque decide no preocuparse por interpretar los textos, o bien sigue adelante con ayuda de profesores, teorías, otras lecturas...etc, y llega a convertirse en un buen lector y en un lector adulto y pragmático. Normalmente nuestra sociedad se preocupa para que el lector simplemente lea, más que para que el lector joven siga adelante en su progreso y adquiera madurez lectora. Nos preocupamos de que los jóvenes lean... cualquier cosa mientras lean. Yo creo que es un error y que debe exigirse el máximo a los jóvenes y no ahorrarles ningún esfuerzo. Entre otras muchas razones, porque para convertirles en lectores sin más ya está la industria cultural y sus rebajas constantes de calidad. Las instituciones, la escuela, los escritores..., etcétera, están para llevarles mucho más alto. Hay otra razón para que dejemos que el mercado se encargue de convencer con su publicidad facilona de los beneficios de la lectura, y es que en las sociedades occidentales, hoy, ya no se precisan obreros, se están formando cerebros que es la única fuerza que puede competir con países que ofrecen la fuerza del trabajo mucho más barata. Aquí, la escolaridad obligatoria hasta los 16 años ya se encargará de enseñarles a leer. Nuestro país ya no necesita obreros, necesita cerebros. Y en una sociedad de la información, la lectura es la condición indispensable para entrar en el mundo del trabajo.

¿Qué consideraríamos pues literatura juvenil? Como se trata de un género reciente, puesto que hasta hace poco los jóvenes no existían como mercado cultural, serían necesarias unas reglas, como en el género políciaco o de ciencia ficción, para separar el grano de la paja. De las diferentes etapas se deducen algunas posibles reglas, por ejemplo, el texto transparente y los inicios del problemático, en cuanto a técnica literaria. En cuanto al fondo, evitar la demagogia hacia unos lectores muy vulnerables, entre otras. Mucha literatura juvenil se ha contagiado de lo que George Steiner llama las terapias de la facilidad, o sea la negación del esfuerzo y la exigencia, y ha equiparado el género a las producciones de la cultura de masas. No se busca formar buenos lectores en la tradición cultural propia, sino complacer a los lectores, adularlos, y facilitarles el trabajo de cualquier manera, olvidando que la literatura es una diálogo entre autores y obras, una superación de temas y técnicas, un avance en los modelos expresivos y en las fórmulas que describen las experiencias humanas y por ello nos mejoran no sólo como lectores sino también como seres humanos. La fragmentación de espacios culturales copiada de la segmentación comercial en grupos de consumidores por edades, por sexo, por estatus social ha contribuído a la segmentación de la oferta editorial creando colecciones dirigidas a mujeres, a ejecutivos, a amas de casa... y a jóvenes, naturalmente. De este modo, la exigencia es menor y se niega una de las virtudes de la gran literatura, que es abrirse a otros mundos, a otros intereses, a otros lenguajes. En definitiva, a los otros.

La cultura de los jóvenes se ha definido como una cultura pachwork, una cultura de retazos de diferentes culturas de diferentes niveles y categorías, del cómic al pop pasando por los clásicos y los modernos. En un mundo en que la oferta es exponencial, cada joven se construye su propio abrigo cultural recortando de diferentes piezas. Jean François Hersent, encargado de la dirección del libro y de la lectura en Francia, dice que “lo que parece más significativo, es la ausencia de conciencia de la jerarquía cultural de los lectores y de los autores que se manifiesta en la extrema dispersión en las referencias lectoras”. O sea, ponen a un mismo nivel el patrimonio literario y la literatura comercial. Por esa razón algunos educadores se preguntan si la evolución de la tecnología del aprendizaje no ha arrastrado a los adolescentes nacidos con el ordenador a cuestas modificaciones profundas en su aparato perceptivo. Esos cambios harían que la lectura ya no fuera el instrumento ideal para la construcción de su imaginario... Lo dejamos en la duda.

La misma fuente nos asegura que “los jóvenes confían sobre todo en sus compañeros para escoger sus libros. Su cultura literaria obedece en ese campo al mismo principio que el resto de su cultura joven”. La lectura ya no es el instrumento único y quizás tampoco el ideal en esos tiempos para construir el imaginario de los jóvenes. Pero los escritores, editores..., todos los que amamos los libros y confiamos en la capacidad única de la palabra para elevar la civilización de las generaciones, debemos trabajar como si lo fuera y ofrecer textos espléndidos para atraer a los jóvenes al uso de esa arma de ordenación y expresión, de pensamiento y sanidad, que es la palabra, la novela, el ensayo, la poesía.

Leer en voz alta
La lectura en voz alta por parte del profesor incita a los jóvenes a la lectura sin más, anunció Jack Lang en el prefacio de los nuevos programas escolares en 2002. Pensemos en las antiguas escuelas unitarias rurales con alumnos de diferentes edades mezclados, en las que el maestro organizaba cada día grupos de lectura. Una hora diaria de lectura, durante 4 o 6 años... era un entrenamiento importantísimo para dominar la mecánica y la disciplina de la lectura. Exactamente como la memoria, despreciada y minusvalorada en la pedagogía llamada moderna durante mucho tiempo, la lectura en voz alta se redujo en nuestras escuelas en beneficio de la compresión, de la lectura silenciosa...etc, pero, como nos recuerda George Steiner, no hay inteligencia sin memoria, y en cuanto a la lectura, la prueba más eficaz para comprobar si alguien entiende bien un texto es hacérselo leer en voz alta. Yo creo que las escuelas debieran retornar a esas prácticas si queremos que los jóvenes se acerquen a los textos sin dificultades.

Existen juegos de vídeo muy buenos y libros muy malos. Todas las encuestas realizadas en Francia demuestran que los hogares en los que hay instalaciones electrónicas son los mismos en los que también hay libros. Y en muchas familias, la ausencia de libros conlleva la consideración de la lectura como una actividad estrictamente utilitaria, principalmente al servicio de guía para los programas de televisión.

Lo que hace leer a los adolescentes es lo mismo que nos hace leer a nosotros, los adultos. Esa búsqueda de un posible encuentro entre nuestras zonas oscuras y las zonas sombrías de un texto. Con demasiado frecuencia olvidamos que leer es también un acto de transgresión, esa búsqueda de las zonas de sombra. Por ello deberíamos confiar más en los textos y en la búsqueda personal de los lectores jóvenes y menos en las recomendaciones, las obligaciones... ¿Cómo van a hacernos caso, si en los asuntos en que se juegan la vida se sueltan de nuestra mano para afrontar solos el peligro? Es sospechoso que las colecciones juveniles hayan surgido en general como prolongación de las colecciones infantiles, en las editoriales dedicadas al público infantil, y no en las editoriales dedicadas a la literatura en general, como prólogo o iniciación a la gran literatura. ¿Indica este hecho que las editoriales han estado más atentas a las necesidades escolares, académicas y de mercado, que a las estrictamente literarias? ¿Coincide el público juvenil con las edades de escolarización de los jóvenes? ¿Hubieran surgido esas colecciones sin una prolongación, que cada vez será más larga, del tiempo dedicado a los estudios?

Emili Teixidor (Roda de Ter, 1933) ha cosechado numerosos premios tanto con sus libros para adultos como con los destinados al público infantil y juvenil. Entre sus creaciones destaca la serie dedicada a las aventuras de la hormiga Piga, (SM/ Cruïlla). Su última novela es ‘Pa negre’



 
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