Amb Xavier Boiffier, Vincent de Bouard, Camille Cayol, Romain Cottard, Christophe Grégoire, Camille Japy, Cécile Leterme, Sylvain Levitte, Bénédicte Wenders
Donnellan tropieza, cae, se recupera, uf
Los
estudiantes del antiguo bachillerato francés solían memorizar la trama
(y el sentido) de Andromaque con una frase muy certera: "Oreste aime
Hermione qui aime Pyrrhus qui aime Andromaque qui aime Hector qui est
mort". Aprendían también la extrañeza esencial del teatro de Racine: el
contraste delirante entre una forma (aparentemente) "racional", ceñida
y matemática, y el torbellino de pasiones que zarandea a unos
personajes psicóticos, atormentados, incapaces de liberarse de una
azarosa red de sentimientos contradictorios. Llega uno a pensar que el
alejandrino mismo es su condena, su cepo supremo: la retórica empuja
(lo podrían decir clarito, pero el endecasílabo manda), una rima genera
la siguiente como un algoritmo iterativo, y así se mienten en voz alta,
a los otros y a sí mismos, monologan, dudan, se justifican, dicen lo
contrario de lo que sienten, se exponen en larguísimas tiradas. Veo el
juego, claro, pero todo lo que tiene de hipnótico lo tiene de pomposo y
pelmazo, como si te estuvieran vertiendo plomo derretido en la oreja,
plomo con ocasionales vetas de oro. Si me dan a elegir me quedo,
siempre, con Shakespeare: el pentámetro yámbico es mucho más fluido (y
más humano: irregular, inesperado) a la hora de plasmar acción y
reflexión en un mismo vuelo. Y ya no hablemos de su visión del asunto
central (cada uno está enamorado de quien no debe y casi nadie puede
conseguir lo que desea), infinitamente más porosa, ligera, perceptiva.
Para mí que Racine hizo muchísima pupa a la literatura y la escena
francesa (de Salambó a Koltés) y en cierto modo diría que se le
representa por lo que tiene de tour de force, de altísima estatua, de
divinas palabras, pero hay algo en sus obras que sigue atrapando. No
sólo ese contraste entre hielo y fuego: puede aburrir el patrón rítmico
pero seducen las tramas sofisticadamente perversas y la disposición de
los conflictos.
Declan Donnellan se sabe de memoria la función;
la tradujo al inglés (sin rima, claro) cuando empezaba, la montó y
ahora ha vuelto a ella, con actores franceses, en producción de Bouffes
du Nord, que se ha visto en Almagro y ha estado cuatro días en el
Nacional catalán, abriendo temporada. Parece que los grandes hallazgos
de Donnellan, dicen, han sido "coloquializar el verso" y poner en el
centro de la escena a Astyanax (Sylvain Levitte), el hijo de
Andromaque, que no "salía" en el original, convirtiéndolo en "objeto de
deseo". Lo del verso me parece una sinsorgada. En la primera escena no
hay quien entienda a Oreste (Xavier Boiffier) y Pylade (Romain
Cottard): susurran, trocean por donde no deben, y lo mismo hace luego
Pyrrhus (Christophe Grégoire), aunque con más poderío. Unas declaman
(Céphise: Bénédicte Wenders), otras cacarean y chillan (Hermione:
Camille Jappy), y la única que lo dice por derecho, con sentido, con
fuerza y con emoción, es Andromaque, la formidable Camille Cayol. ¿Por
qué estas disparidades? No lo comprendo. Y me parece banal convertir a
Astyanax en visible nudo de la trama porque es un objeto de deseo
secundario: la obstinada negativa de Andromaque a encamarse con Pyrrhus
es lo que detona todas las pasiones, el auténtico agujero negro, hasta
el punto de que la berroqueña esclava desaparece de escena a media
función y sigue siendo el eje de la rueda. En la segunda parte, la
tragedia se centra, suculenta y sorprendentemente, en Oreste y
Hermione, que protagonizan una versión anticipada de El cartero siempre
llama dos veces: mujer fatal empuja a inocente al crimen. Ahí es donde
Donnellan tiene más tela que cortar y se luce a modo. La primera parte
está llena de trivialidades indignas de un director de su talla. Nos
frotamos las manos al ver el espacio: desnudo, diez o doce sillas,
penumbra. Estupendo: esto va a ser como The Changeling. Pero, ya digo,
empiezan a hablar y no se les entiende un grijo, y se suceden las
preguntas. ¿Por qué Oreste se mueve como un tontiloco y Pylade tiene el
perfil y las maneras de un joven De Gaulle? ¿Por qué Pyrrhus parece un
cruce entre un mafioso y Sarkozy? ¿Y para qué instala en el centro a
Astyanax, cuando lo único que hace es saltar a los brazos de todo
quisque como una mascotita? Lo peor es el "tratamiento" de Hermione,
una descomunal loca de amor a la que Donnellan degrada, caricaturiza,
entre preciosa ridícula y arpía de dibujos animados. ¿Y por qué anda a
saltitos Cléone (Cécile Leterme), su confidente? A punto estuve de
salir zumbando; sólo me retenía Camille Cayol, tan feroz, tan pantera
herida como la joven Casares en Les dames du Bois de Boulogne, pero me
quedé y obtuve premio. En la segunda parte, Donnellan 'filma' lo que
Racine no muestra, la boda de Pyrrhus y Andromaque con un suspense que
es puro Coppola en el primer Padrino, una escena admirablemente
pautada, mientras Oreste narra el asesinato. Y es de antología la
metáfora de la muerte de Pyrrhus: cae confeti blanco sobre su testa y
de pronto se convierte en rojo, en pétalos de sangre. Por el contrario,
Donnellan no nos hace ver el suicidio de Hermione, que se inmola junto
al rey (y también hay que decir que en toda esta parte Camille Japy
crece y logra escapar, con extremo vigor, de la degradación), ni los
fantasmas de ambos: el confeti sangriento engloba toda la violencia. En
ese tramo final el escenario se vacía, y Oreste, que había mutado en
personaje de James Cain y en Lorenzaccio helénico, actúa como un Hamlet
sonámbulo, rodeado de humo y de nada, con Pylade mitad Osric mitad
Horacio a su lado, y abrillanta maniacamente los botones de su uniforme
mientras recita: "Est-ce Pyrrhus qui meurt? Et suis-je Oreste enfin?",
perdidísimo, y aparece, otra gran imagen, Andromaque con su vestido de
novia, impoluta, reina por carambola o por plan secreto, sonriente,
pavorosa, menos heroína que arma de destrucción masiva, y con el
heredero a su lado. Nunca imaginé que un campeón como Donnellan
mordería la lona, pero también ha sido emocionante verle recuperarse
del KO para pelear de nuevo, salvar el último round y ganar por puntos.
-
Marcos Ordoñez El País 27/09/2008
Cruz y cara de un gran Racine
Nueva
temporada del Teatre Nacional de Catalunya (TNC) y unos invitados
ilustres para inaugurarla: Declan Donnellan, el afamado director de
Cheek by Jowl, esta vez con la compañía francesa del mítico Théâtre des
Bouffes du Nord, que dirige Peter Brook. En escena, la Andromaque de
Jean Racine (1639-1699), cabalgando con más o menos obediencia métrica
los alejandrinos originales del autor.
Si a Brook le agrada el
trabajo de su colega - de quien el último Grec nos brindó un
centelleante Troilus and Cressida-,y no duda en reclutarlo, Donnellan
parece corresponderle moderando aquí su fosforescente tendencia
juguetera para aproximarse a los modos simples y austeros del genial
creador del Mahabharata.
En este sentido, no puede encerrar
ninguna sorpresa la simplicidad del acto primero, resuelto con la
escueta geometría de nueve sillas perfectamente alineadas, de las que
se levantan por parejas o tríos los coloquiantes, quienes, acabada su
intervención, regresan a sus puestos. Una fórmula archisabida:
movimientos pulcros, diálogos que quiebran la rima para aproximarse a
un parloteo realista y una expresividad y gestualidad, eso sí,
magistrales. Monotonía extrema, sin embargo, y el tedio asegurado a la
media hora de función.
Conviene apuntar que, a diferencia de la
Andromaca de Eurípides, que se expresa sobre los rescoldos humeantes de
la derrotada Troya, Racine plantea su tragedia a una respetable
distancia de los hechos guerreros, aquella que permite el cálculo frío
de las venganzas y el progreso ardiente de las pasiones amorosas. Lo
apunto para intentar comprender a Donnellan y la opción escogida para
el formato y tono del primer acto de una tragedia que su autor levantó
con muy poca acción y mucha dialéctica.
Y bien: aun cuando esta
hechura no se modifica sustancialmente en el acto segundo, el director
no quiso reincidir en la misma linealidad y sonsonete macilento de
antes. Morigerado aun pero imaginativo como siempre, Donnellan practica
en la segunda parte del espectáculo un ejercicio malabar con aquel
juego de sillas - que estuvieron visibles pero fuera de escena-,
convertidas ahora por el monaguillo Astyanax en asientos del templo
donde tendrá lugar el himeneo entre Pyrrhus y Andromaque, si antes no
lo estropea Oreste. Y como en un lugar sagrado no se habla, los
diálogos se producen como si tal recinto no existiera, creando los
personajes un espacio mental cargado de una tensa energía dramática.
Pyrrhus
es el extraordinario Christophe Grégoire. El asesinato del personaje es
uno de los hallazgos más hermosos del montaje con el que Donnellan -
pese a las vacilaciones con que dibuja el personaje de Hermione,
extrañamente tragicómico, y pese al campi qui pugui en la dicción del
verso- consigue borrar la decepción que ensombreció el primer acto de
un gran Racine.
Joan-Anton Benach La Vanguardia 23/09/2008
Ajuste de emociones
¿Mantenerse
fiel a la memoria del marido asesinado o salvar al hijo? Hay que
situarse en la Grecia antigua para plantearse semejante dilema, desde
luego. Ésta es la tragedia de Andrómaca, viuda de Héctor, y del hijo de
ambos, el joven Astianacte, cuya vida, aunque él no se entere de nada,
pende del hilo de la lealtad. La tragedia de Orestes es amar a
Hermíone, la hija de Helena, sin verse correspondido y respetando al
mismo tiempo a Pirro, el rey rival; la de Hermíone, amar a Pirro sin
que éste la ame y tener que aceptar que no es sino una sombra de lo que
fue su madre; la de Pirro, amar a Andrómaca, su esclava, sin poder
doblegar su voluntad aun siendo el rey. A partir de la pieza de
Eurípides, Racine acorrala tan irreductible sucesión de amores no
correspondidos con sus dudas, celos, recelos y rabia en un ajustado
corsé de pareados alejandrinos. Declan Donnellan, fundador de la
compañía Cheek by Jowl, sitúa el corsé en un escenario desnudo y deja
que todos estos sentimientos y emociones vayan escurriéndose por sus
costuras, hasta abrirse del todo en el segundo acto de esta producción
del Théâtre des Bouffes du Nord de París que puede verse hasta el
domingo en el Teatre Nacional de Catalunya (TNC). Ocho sillas al fondo;
dos en medio del escenario, de frente, acogen la acción. Los
intérpretes van de unas a otras, todos de oscuro: ellas con vestidos
negros según la moda de los años cuarenta del siglo pasado; Orestes y
su amigo, en traje militar; el rey y su preceptor, de civil. En la
primera parte de Andromaque no hay mucho más movimiento, ni más color.
El blanco lo pone Astianacte, un joven no tan joven, con su camisa,
cual diana. De hecho, la obra gira a su alrededor. Sus intervenciones
tienen algo de mascota, por su manera de abalanzarse sobre los adultos,
por cómo le tratan ellos. Un flujo de pasiones contenidas se intuye por
debajo de lo que dicen y hacen casi todos los personajes, como si
guardaran las formas, excepto Andrómaca, que nos abre su corazón. Y nos
la creemos, por la mirada siempre al borde del llanto de Camille Cayol;
incluso nos creemos a Orestes, pues en manos de Xavier Boiffier éste
resulta menos falso; desconfiamos del cortesano Pirro, será por el
traje mafioso de Christophe Grégoire y la gomina de su pelo; no sabemos
muy bien por dónde va Hermíone, pero tampoco parece trigo limpio. Llega
el entreacto con una cierta sensación de desconcierto. En la segunda
parte, el suelo acabará ensangrentado (¡qué bonita imagen, la que
consiguen con el confeti de la boda entre Andrómaca y Pirro!) y las
sillas por los aires. Es la furia de Hermíone, que se destapa, ¡menudo
ciclón, el de Camille Japy! Al final, el blanco cubre el cuerpo de
Andrómaca. Es el triunfo de la heroína trágica, ¿de la mujer ejemplar?,
sobre el mundo. Ahí queda eso.
Begoña Barrena El País 23/09/2008
Erupció encotillada
Racine
és un autor a qui escau la cotilla i, com que hi juga a favor, l'omple
de sentit i la fa elegant. Donellan opera en la mateixa direcció a
l'escenari. Despulla, com Racine, i potencia la descarnada mostra de
les passions humanes. Escena nua, tot just unes cadires que esdevenen
objectes contundents per servir la violència o, disposades com els
bancs d'una església, per recrear l'àmbit sagrat i posar en relleu
l'acte sacríleg. I res més: sòbria i contrastada il·luminació sobre uns
personatges també ambivalents i contradictoris. Ah! i una pluja de
confeti blanc sobre la parella protagonista per explicar les noces, que
es transforma en papers vermells que cobreixen l'escenari per relatar
l'assassinat del rei en el moment més sacre. Extrema senzillesa que
concentra la màxima intensitat en l'expressió actoral, habitual basa
forta del director.
Els alexandrins d'Andromaque es resistien a
l'anglès fins que Donellan va agafar-los per les banyes i ara retorna
als originals amb un bon planter d'intèrprets francesos de les Bouffes
du Nord, el teatre de Brook. Feliç conjunció per a una obra aspra, que
fa emergir els ressorts més pregons de la psicologia humana: la gelosia
d'Hermione, delirant i patètica, que desemboca en follia i destil·la
enèrgicament Camille Japy, escortada amb humor per una hilarant Cécile
Leterme; la pulsió cega d'Orestes enfundat en un rígid uniforme
militar. Però, sobretot, la impactant potència de la parella
protagonista: el rei Pirrus que Christophe Grégoire serveix en els seus
vaivens, entre la fúria i la tendresa. Per damunt de tot, la fulgurant
Camille Cayol, una Andròmaca resoluta i ferma, calculadora i conseqüent.